Suena exagerado, lo sé. Pero no es una frase sacada de una película de TV abierta, ni una predicción apocalíptica de algún "influencer" de Tik Tok. Es lo que dicen, con todas sus letras, organismos como la FAO y el Programa Mundial de Alimentos (PMA) de la ONU. Y lo más curioso —o preocupante, según cómo lo veas— es que el problema no es que no haya suficiente comida en el mundo. El problema es que la estamos desperdiciando, distribuyendo mal y produciendo bajo un modelo que cada año se vuelve más difícil de sostener.
Vamos a desmenuzar esto con calma, porque entender el panorama completo es el primer paso para hacer algo al respecto.
El reloj ya está corriendo
Cuando hablamos de "escasez de alimentos", lo primero que imaginamos son anaqueles vacíos. La realidad es menos menos compleja, pero más inquietante: es un proceso gradual que ya empezó.
Para 2050, la población mundial rondará los 9,700 millones de personas, según estimaciones de la ONU recogidas por Iberdrola en su análisis sobre el futuro de la alimentación. Eso son casi 2,000 millones de bocas más que alimentar respecto a hoy. Para que el sistema alimentario pueda sostener ese crecimiento, la FAO calcula que la producción mundial de alimentos tendría que aumentar alrededor de un 70%, una cifra que se repite en distintos informes desde hace más de una década y que, lejos de perder vigencia, se ha vuelto más urgente.
Y aquí viene la parte que pocas veces se menciona: no se trata solo de "sembrar más". El reto incluye que el agua disponible también tendría que crecer cerca de 55% y la energía destinada a la producción agrícola alrededor de 50%, según análisis publicados en SciELO México sobre seguridad alimentaria hacia 2050. Es decir, producir más comida no es solo un tema de tierra cultivable, sino de recursos que ya están bajo presión.
No es falta de comida, es mal manejo
Aquí va el dato que más me sorprendió investigando: a nivel global, se pierde o desperdicia entre el 30% y un tercio de todos los alimentos que se producen, según cifras de la FAO y el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA). Hablamos de más de 1,000 millones de toneladas de comida al año que nunca llegan a un plato.
Piénsalo: si pudiéramos rescatar siquiera la mitad de ese desperdicio, probablemente no estaríamos hablando de "aumentar la producción un 70%". El desperdicio no solo significa comida perdida; también representa agua, tierra, energía y trabajo que se invirtieron para nada, y que además generan entre el 8% y el 10% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, casi cinco veces más que toda la industria de la aviación, de acuerdo con datos del PNUMA.
La crisis ya tiene rostro: 318 millones de personas en 2026 no tienen un plato en su mesa
Mientras discutimos proyecciones para 2050, hay una realidad más próxima. El Panorama Global 2026 del Programa Mundial de Alimentos estima que 318 millones de personas en 68 países enfrentarán hambre de nivel crítico o peor este año, más del doble que en 2019. Por primera vez en este siglo, se han confirmado hambrunas activas simultáneas en más de una región.
¿Por qué está pasando esto justo ahora? El mismo informe del PMA señala que casi 70% de las personas con inseguridad alimentaria aguda viven en países frágiles o afectados por conflictos. A esto se suman tres fenómenos conectados entre sí:
1. Cambio climático: sequías prolongadas, lluvias erráticas e inundaciones que arruinan cosechas enteras, especialmente en zonas que ya dependían de una sola temporada agrícola al año.
2. Estrés hídrico: el agua dulce disponible para riego esta disminuyendo, y esto se intensifica con cada grado adicional de calentamiento global.
3. Plagas, enfermedades y volatilidad de precios: brotes que diezman cultivos y ganado, combinados con aumentos en el costo de granos básicos como maíz, arroz y trigo, que golpean primero a las familias con menos recursos.
Por qué nos debería importar
Porque los sistemas alimentarios no colapsan de golpe, se erosionan poco a poco. La FAO ha sido clara: el planeta tiene la capacidad de alimentarse a sí mismo, pero solo si se toman decisiones a tiempo en materia de inversión agrícola, manejo del agua y reducción de pérdidas.
3 acciones que realmente hacen la diferencia
1. Reduce tu propio desperdicio en casa. Planea tus compras, aprovecha sobras, conserva correctamente frutas y verduras, y entiende la diferencia entre fechas de "consumo preferente" y de caducidad real. Si una fracción significativa del desperdicio global ocurre a nivel de hogares y comercio minorista, cada kilo que no tiras es un kilo que no tuvo que producirse de nuevo.
2. Apoya producción local y de temporada. Comprar en mercados locales, tianguis o directamente a pequeños productores reduce las pérdidas en transporte y almacenamiento (una de las etapas donde más alimento se pierde en países en desarrollo) y fortalece sistemas alimentarios más resilientes frente a crisis globales.
3. Exígete y exige información, no solo consumo. Esto suena raro, pero es clave: entender de dónde viene lo que comes, apoyar políticas públicas de reducción de desperdicio (como las que ya aplican países que han logrado bajar su desperdicio alimentario en más de 30%) y compartir esta información con tu entorno —familia, estudiantes, equipos de trabajo— multiplica el impacto mucho más que cualquier acción aislada.
Para cerrar
No, no estamos a un año de que "se acabe la comida, los panuchos, los perros calientes". Pero sí estamos en un espacio de tiempo donde las decisiones —tuyas, mías, de gobiernos y empresas— determinan si llegamos a 2050 con un sistema alimentario que funciona para 9,700 millones de personas, o con uno que colapsará. La diferencia entre esos dos escenarios se está construyendo, literalmente, en este momento.
